En toda época y lugar, los comentarios históricos siempre constatan el aumento de la influencia del dinero sobre conductas y conciencias. De instrumento destinado a facilitar los intercambios comerciales en sus orígenes, ha pasado a tener valor en si mismo, con su peculiar capacidad de reproducción y crecimiento. A esta precoz emancipación de su utilidad original apuntan precisamente las críticas contra su desmesurada influencia : en realidad es un simple medio, pero también el medio por excelencia, cuya perversión consiste en que se ha transformado irresistiblemente en un fin en sí mismo. Los usos financieros o usureros del dinero y la facilidad de este para crecer vertiginosamente vendiéndose y comprándose a si mismo han sido siempre vistos con reprobación y alarma por los ideólogos sociales desde la antigüedad clásica.
Pero el dinero es además el más destacado de los productos estrictamente sociales; carece de toda fuerza o pertinencia fuera de la compañía humana que le da sentido. Nadie incluiría el dinero entre las cosas imprescindibles que uno se llevaría a una isla desierta. Lo que consagra el dinero es precisamente nuestra relación con los otros, la realidad básica de que toda vida social es intercambio, aunque no exclusivamente de dinero. La protesta contra su asocialidad está paradójicamente justificada: cuando el dinero es lo prioritario, desnuda y objetiva la relación social con tanta nitidez que nos la hace árida, extraña y descorazonadora. Al hacerlo todo contable y calculable, el dinero actúa como una fuerza desacralizadora de disolvente poderío, de ahí en buena medida la alarma que produce y el rechazo ... acompañado sin embargo del más acendrado afán, porque el dinero simboliza el máximo de rendimiento que podemos obtener de la sociabilidad a la que nos debemos.
Pero sobre todo el dinero ha demostrado una irresistible propensión sumamente peligrosa : la facilidad de convertirse en poder.
Las necesidades humanas son limitadas, el numero de cosas que el dinero puede conseguir efectivamente tiene como límite la posibilidad de asimilarlas de su dueño en la brevedad de su vida, pero más allá de cierto límite el dinero se convierte en poder, poder político, (influencia sobre los demás) y el poder es también un ansia infinita porque no manipula objetos, sino sujetos. Como el propio dinero, el poder es virtualidad pura, posibilidad siempre abierta, siempre tentadora de lograr algo más o preferentemente, conciencia de saber que siempre está uno capacitado para lograr algo más de otros. Las cosas que el dinero compra cansan pronto, salvo una, el poder, (lo suficientemente ilusorio) como para que el poseído por tal delirio no se sacie jamás.
Resulta por lo menos chocante que se considere como prototipo de materialista alguien capaz de sacrificarlo todo (ocio, sueño, comida, diversiones, belleza, amistad, vida ...) con tal de conseguir más dinero. A fin de cuentas el dinero tiene muchos más aspectos en común con el espíritu que con la materia: su realidad es invisible e impalpable pero poderosamente activa, su fuerza proviene de la fe que se tiene en él (de la confianza o crédito que se le concede). El contento que proporciona se refiere mucho más al futuro que al presente, se traslada casi instantáneamente de un extremo a otro del planeta cambiando a menudo de forma y de nombre, pero nunca pierde ese sentido de posibilidad en el futuro. Puede decirse que el dinero se va desmaterializando cada vez más, desde las pesadas monedas antiguas a las actuales tarjetas de crédito o una simple clave numérica enviada directamente al ordenador del banco desde nuestra pantalla casera.
En nuestra democracias, la transvaloración del dinero en poder ha llegado a tal punto en los países desarrollados que constituye el más serio peligro actual contra las democracias vigentes. Y ellos por dos vías : en primer lugar, por la capacidad de escamotearse a los controles fiscales y hurtar su debida contribución al mantenimiento del estado del bienestar; de tal modo que su ejemplo defrauda a los contribuyentes que no poseen capacidad económica para dotarse de subterfugios para ello y descorazona a quienes aún son lo suficientemente rectos como para comprender que las cargas tributarias resultan imprescindibles pero deben exigirse de modo igualitario.
En segundo lugar por su capacidad para pactar directamente con el estado las condiciones económicas que les resulten más favorables, más beneficiosas, en un plano de complicidad que desmiente y ofende la igualdad ante la ley del resto de ciudadanos. Este presupuesto de igualdad básica en el planteamiento democrático se ve aún más gravemente conculcado cuando es el propio Estado quien ofrece un trato de favor a aquellos complejos capitalistas cuyo volumen económico alcanza determinada magnitud (sin entrar ahora, aunque sería oportuno, en los mecanismos de corrupción - donativos para al financiación de partidos o sobornos privados, que pueden reforzar y agilizar este trato de favor). Los efectos secundarios de tales privilegios en prepotencia social, desmoralización pública, irresponsabilidad financiera y corrupción de funcionarios son de sobra conocidos.
La internacionalización económica (los únicos valores que se han hecho realmente universales son los crematísticos, en el más despectivo sentido aristotélico del término) refuerza esta tendencia a la dualidad esquizofrénica del orden político democrático.
"La eliminación de las fronteras permite la movilidad de capitales que lleva consigo el que estos puedan imponer condiciones para su establecimiento en un país determinado, de tal manera que, si no se les conceden ciertos privilegios, se dirigen a otros países. Con la consecuencia que si un Estado desea o, necesita atraerlos, se ve forzado a concederle los privilegios exigidos, aunque sea en detrimento de la ley general igualitaria" *. O te doblegas a mis exigencias o me voy a las islas Caimán; o mejor las dos cosas, primero la una y luego la otra. El estado democrático queda así supeditado a otro estado plutocrático (un reino dentro de otro imperio), cuya existencia es asumida de facto por los diferentes gobiernos, aunque sea negada cara al pueblo común, que acata las leyes sin esperar privilegios, paga sus impuestos y elige periódicamente a unos representantes... que se encargarán después de negociar y pactar con los capos del otro imperio, el del reino financiero.
Este doble rasero, es sin duda contrario al fundamento republicano de las democracias, en cuyo menoscabo pueden convertirse en un mero embeleco político.
Amenazadas, las sociedades democráticas, en su inmensa mayoría, por una corrupción crematística que permea todas las capas dirigentes, resultaría suicida olvidar este problema y cejar en la lucha por corregirlo. El ímpetu avasallador que tiende a transformar el dinero en poder y en desigualdad política es capaz de llegar a vaciarlas de contenido. Con razón se ha señalado que el dinero no basta como cimiento y fundamento político de una ciudadanía auténticamente democrática como la que los países y el mundo entero necesitan a principios de este siglo.
Selección de un articulo de Fernando Savater, publicado en la revista Archipiélago núm. 39. esclarecedor sobre las relaciones entre dinero y poder.
* Alejandro Nieto "La organización social esquizofrénica".
No hay comentarios:
Publicar un comentario