El sector agroalimentario junto al energético son los sectores más directamente relacionados con los ecosistemas y los que más les afectan.
Los sistemas agroindustriales producen graves y crecientes impactos ecológicos tanto a nivel global como local : deforestación, desertificación de extensos territorios sobretodo en zonas tropicales y subtropicales del planeta; destrucción y deterioro del suelo fértil, perdida de biodiversidad, alteración del ciclo natural del nitrógeno, difusión de tóxicos y biocidas en el ambiente, sobreexplotación y contaminación de acuíferos y aguas superficiales (sin respetar el mínimo caudal ecológico de los ríos), despilfarro de agua, un recurso cada vez mas contaminado y escaso (captada a menudo con un gran impacto ambiental), eutrofización de lagos y mares costeros, despilfarro de energía... y todo eso a menudo para producir grandes cantidades de alimentos con buena presentación y escasa y decreciente calidad nutricional
Así una tercera parte de la tierra de cultivo del mundo esta perdiendo fertilidad, lo que hace peligrar su productividad y la seguridad alimentaria mundial. La mitad de las zonas de pasto del mundo sufren también una sobreeplotación que las está desertificando de modo grave. Los dos tercios de las pesquerías oceánicas se explotan por encima de su capacidad natural de reproducción. De hecho la sobrepesca en las últimos años se ha convertido en la regla casi generalizada. Además la sobreexplotación y la creciente contaminación de las aguas subterráneas están ya teniendo efectos negativos y limitadores en la producción de alimentos en muchas zonas del planeta.
Como vemos, a pesar del optimismo de los indicadores económicos de "producción" en el sector agroindustrial, el panorama no es nada halagüeño des de el punto de vista ecológico.
A partir del desarrollo y extensión de la industria petroquímica después de la Segunda Guerra Mundial, la agricultura dejó de ser una actividad productiva renovable y energéticamente eficiente, que permitía reponer la fertilidad del suelo y la energía invertida, a ser un sistema industrializado, energéticamente deficitario -consume más energía de la que produce- que nos envenena lentamente un poco más cada vez -los alimentos contienen cada vez más productos químicos, no siempre inocuos.
La industrialización agrícola ha llevado a una agricultura basada en la fragmentación y los monocultivos. Arboles, rebaños y cultivos se han separado unos de otros en sistemas fragmentados de función simple, en los que sólo cuenta la productividad por hectárea y la cantidad siempre creciente de las aportaciones químicas necesarias para conseguirla.
Durante la expansión de la revolución verde de 1950 a 1984 -paradigma de la "modernización agrícola", mientras la producción de cereales creció un 3% anual, casi el doble que el crecimiento demográfico, murieron de hambre mas de mil millones de personas, en un mundo con los silos a rebosar. De nuevo el "éxito" sólo benefició a un parte.
La agronomía moderna se ha autolimitado, concentrandose casi en exclusiva en el uso de agroquímicos, despreocupándose de comprender, integrar y aplicar los conocimientos de la biología, la ecología y la agricultura tradicional. Sólo recientemente ha habido una confluencia entre estudiosos de los sistemas agrícolas y los ecosistemas naturales dando paso a los modernos y aún minoritarios estudios agroecológicos. El precio ha sido alto : empobrecimiento biológico por destrucción de la microfauna del suelo debida a los productos químicos, en algunos casos hasta dejar estéril la tierra. Para sustituir la acción de estos microorganismos, indispensable para un crecimiento sano de los vegetales, se hace necesario entonces utilizar todavía más fertilizantes. Otras consecuencias de tal destrucción es la perdida y la merma de la calidad de los nutrientes, la perdida de esponjosidad y de la capacidad de retener agua del suelo, y su mayor fragilidad frente a la erosión.
A la perdida de fertilidad de la tierra, es necesario añadir la contaminación de las aguas por aportación excesiva de nitratos; además una fracción de estos nitratos se transforma en nitritos, una sustancia altamente tóxica que puede fácilmente envenenar y de hecho así sucede, los acuíferos subterráneos. Como consecuencia de todo ello se esta produciendo el deterioro entre moderado y grave de millones de hectáreas de tierra fértil, que favorecen los procesos de erosión. Tanto es a sí, que en el mundo se pierden unas 150 Ha. de suelo fértil por minuto y la península Ibérica se empobrece a un ritmo de unas 32 toneladas de tierra fértil por segundo.
Los fertilizantes y plaguicidas sintéticos además de contribuir a degradar los suelos y a contaminar los acuíferos se introducen en la cadena alimentaria. Así ingerimos entre tres y siete kilos al año de colorantes, conservantes, insecticidas y metales pesados. No parece la forma más sana de vitalizarnos, ni de alimentarnos.
Por otro lado tenemos la perdida de biodiversidad. Desde principios de siglo se ha perdido un 75 % de la diversidad genética de los cultivos agrícolas. Se han reducido muchísimo las variedades utilizadas, hasta el punto de que dependemos de unas 150 especies de animales y plantas para nuestra alimentación, frente a las miles de posibilidades existentes. El 95 % de nuestra alimentación proviene de de tan sólo 30 especies cultivadas y de unas pocas especies animales. Las tres cuartas partes de nuestra dieta están formadas por tan sólo 8 especies, encabezadas por cuatro variedades de cereales de las que depende casi todo : trigo, maíz, arroz y soja.
Cuando la multiplicidad y diversidad biológica está desapareciendo, gracias a la expansión de las hamburguesas -que destrozan extensas zonas del Amazonas, el arboricidio, las pésimamente planificadas obras públicas ... más de la mitad de las especies de animales y de plantas domesticadas se encuentran también en peligro de extinción.
La biodiversidad es también una fuente de fertilidad del suelo y necesaria para el control de las plagas y las enfermedades. Diferentes cosechas plantadas juntas ayudan al ciclo de los nutrientes y pueden resistir mejor la plagas. La necesidad de aportaciones externas de nitrógeno se ve reducida si crecen juntos legumbres y cereales. La biomasa de la paja de las cosechas sirve para alimentar el ganado, que produce estiércol, es decir abono. La materia orgánica es fundamental para la conservación de la fertilidad del suelo.
Otro hecho importante con la industrialización de la agricultura y la acumulacion de la población en zonas urbanas, es que se ha dejado de utilizar en gran medida los residuos orgánicos -vegetales y animales- como la fuente milenaria de fertilización de la tierra que siempre han sido.
Hoy día cuando más de la mitad de la humanidad vive en ciudades y depende más que nunca de los flujos unidireccionales de nutrientes y de materia orgánica que vienen cada vez de mas lejos y no se devuelven a las tierras de cultivo de donde proceden; romper este flujo circular orgánico tiene su precio. Por un lado muchas regiones del planeta están excesivamente fertilizadas con abonos inorgánicos y sintéticos, así el agua potable de algunos países europeos esta contaminada por la escorrentia de este exceso de fertilizantes. Y se está reduciendo la diversidad de especies por el exceso de aplicación de nitrógeno y fósforo. Las enfermedades de las plantas se extienden con mayor facilidad en suelos dependientes de estos fertilizantes manufacturados.
En el otro extremo, el vertido de residuos orgánicos en las ciudades plantea problemas cada vez más difíciles de resolver : vertederos llenos que filtran elementos tóxicos a las aguas subterráneas y liberan metano a la atmósfera. Sistemas de alcantarillado que resultan caros y a menudo mezclan residuos químicos e industriales, aguas pluviales y las aguas grises residuales de las ciudades, dificultando enormemente la recuperación y reutilización de unas y otras.
La tendencia a la cría intensiva de animales ha acarreado la concentración de excedentes de estiércol y purines que superan las cantidades que los cultivos pueden absorber y se han convertido en un contaminante, cuando durante milenios han constituido un recurso para la fertilización del suelo. En Cataluña por ejemplo este problema afecta a diversas comarcas que han visto afectadas las redes de abastecimiento de agua potable, recomendandose que no se use para beber ni cocinar; porque están contaminadas por nitratos procedentes de los purines de las granjas de engorde de ganado porcino.
Devolviendo los nutrientes en forma de compuestos orgánicos a los suelos -cerrando el ciclo de la materia- podrían aligerarse estos problemas. Se estima que en el estado español se producen 150 millones de toneladas de residuos orgánicos : estiércol de granjas, residuos vegetales de las industrias de procesamiento: vino, aceite, azúcar, madera, los residuos orgánicos de las ciudades... Podrían compostarse y tratarse para recuperar la energía contenida en ellos -biogas con alto contenido en metano, muy parecido en composición al gas natural que usamos en las ciudades- y obtener un abono concentrado de gran calidad, para así devolver los nutrientes que contienen y buena parte de la fertilidad que año tras año les sustraemos a la tierra.
A la perdida de tierra fértil por desertificación, hay que añadir el urbanismo galopante que retira de la producción agrícola mas de 300.000 ha. de las mejores tierras de cultivo del planeta todos los años. Entre unas cosas y otras la seguridad alimentaria -las reservas estratégicas de la humanidad- se han reducido en los últimos años.
Desde el punto de vista de la nutrición, aproximadamente la mitad de la población mundial -ricos y pobres -padecen deficiencias nutricionales. Mientras el volumen de personas -unos 1.200 millones- que pasan hambre o están subalimentadas se esta reduciendo un poco, paradójicamente las carencias nutricionales de signo opuesto causadas por el exceso de comida : grasas, azucares... acompañada de deficiencias en vitaminas y minerales se extiende cada vez más, afectando a otros 1.200 millones de personas sobrealimentadas.
Por otro lado el sistema de producción y comercialización agropecuario controlado por grandes corporaciones transnacionales tiende a empobrecer y hacer cada vez más dependientes a los pequeños agricultores de unas semillas híbridas que es necesario comprar cada año y que para ser eficaces necesitan aportaciones crecientes de fertilizantes, plaguicidas y herbicidas que las mismas compañías les venden.
El último paso en convertir los sistemas naturales en recursos económicos, es la transformación de la semilla en un recurso genético (al introducir genes externos utilizando técnicas de biología molecular) : las controvertidas plantas transgénicas, que abren muchos interrogantes sobre sus posibles efectos en la biosfera y en la salud humana.
Respecto a las relaciones Norte -Sur, los cultivos destinados a la exportación para pagar la deuda externa, en vez de cultivos alimentarios para la propia población son demasiado frecuentes en los países del Tercer Mundo. Mientras, en el Norte se continua subvencionando ampliamente una agricultura intensiva, excedentaria y contaminadora que afecta además negativamente la producción agrícola de los países en desarrollo en una clara competencia desleal.
Durante milenios la agricultura y la ganadería han sido eficientes sistemas de captación y transformación de energía solar en una gran variedad de elementos nutritivos desarrollados por las diferentes culturas del planeta, de las que deberíamos aprender. Hoy, sin embargo, los sistemas agropecuarios industriales se basan esencialmente en un recurso fósil : el petróleo; para la maquinaria agrícola, para los fertilizantes sintéticos, para determinados herbicidas... que se derivan de él. Cuando consumimos productos agrícolas o carne, la mayoría de la energía bioquímica que ingerimos ya no proviene del sol, sino del petróleo que, no olvidemos es un recurso escaso y no renovable, es decir que se agota a medida que se gasta, además de ser contaminante y desestabilizador del clima. Todo ello plantea grandes interrogantes sobre la eficiencia y viabilidad a largo plazo de los sistemas agropecuarios industriales. Comer del sol es ecológicamente sostenible, comer del petróleo no lo es y además es mucho menos saludable.
Y por si fuera poco desde el punto de vista de la economía doméstica, en este sistema estamos pagando los alimentos tres veces : una al comprarlos, la otra al pagar los subsidios a la agricultura intensiva europea y norteamericana, y una tercera cuando es necesario corregir los desastres que generan las practicas agrícolas contaminantes y en general los efectos nocivos del sector agroalimentario industrialista.
De hecho se mire como se mire, no hay solución a la crisis ecológica global sin una ecologización a fondo del sector. No se trata tanto de maximizar los rendimientos, como de optimizarlos de modo sostenible : conseguir rendimientos óptimos compatibles con la estabilidad de los agroecosistemas, con la calidad del entorno, con la seguridad y la calidad alimentaria de toda la población humana y con la justicia social. Para determinadas zonas del planeta como la Unión Europea, se trata de desintensificar. No se trata de producir más sino de producir mejor y más sanamente. Y en todas partes apostar por una agricultura basada en los principios agroecológicos y la permacultura.